Por Rodrigo Díaz.

Aún no amanecía cuando arribamos el sábado a la capital de Querétaro. El autobús procedente de Guadalajara nos dejó en el albergue estudiantil José María Arteaga, a veinte minutos del Centro de convenciones. En el Auditorio de ese lugar se realizaría el Concurso de Declamación convocado por el Movimiento Antorchista. El viernes por la noche, todo indicaba que el vehículo arrancaría con muy pocos pasajeros. Pero al final casi se llenó. Entre participantes y elementos de apoyo, cerca de 40 personas partieron de Guadalajara.

 

Querétaro no es nuevo para mí por cuestiones laborales. Estuve ahí en el año 2001. Entonces, impulsé el arranque de una franquicia para una panificadora de Zapopan. Por algún tiempo, asesoré a la empresa la asesoré en el área de marcas y de otros signos distintivos. Para las fechas de mi primera estancia en esa ciudad, el dueño del negocio había marcado su distancia. Ya no éramos tan amigos. Sus intereses nos habían separado. Dos años atrás, de acuerdo con sus creencias esotéricas, fuimos dos hermanos en la otra vida que nos habíamos reencontrado en la presente. Pero ahora éramos sólo patrón y empleado. Ni más, ni menos. Él y su familia se habían hospedado en un hotel de lujo. Mientras que Víctor el panadero y yo quedamos en cualquier hotel de medio pelo. Nunca desaprovecho la oportunidad para aprender de cualquier persona. Sobre todo, cuando se trata de gente humilde y trabajadora. Víctor lo era. Hicimos amistad franca y automática. Me dijo que ya le tenía echado el lente a una dama de buen ver y de edad aceptable, ¿Y por qué no te le avientas? ¿Le tienes miedo por la edad? No, licenciado, ¿cómo cree? ¿Entonces? Esa mujer no es para mí. ¿No? ¿Para quién es, mi Victorinox? ¡Es para Usted! ¿Y eso? ¿Yo qué hice? No le saque, me respondió. Todos los panaderos de la planta decidimos que ella es la mujer que a Usted le conviene… Lo pensaré, muchas gracias por preocuparte. Que descanses…

Querétaro es emblemático por todas partes y por muchas razones. Es la cuna de una conspiración independentista. La que arrancó con Pedro Goñi en el callejón de las ratas en la ciudad de México, y que reventó en Dolores con el grito de Miguel Hidalgo en 1810. En Querétaro, en el cerro de las Campanas, Tomás Mejía, Maximiliano de Habsburgo y Miguel Miramón fueron fusilados 57 años después. Eso, después de su derrota y captura a manos de Mariano Escobedo. A pesar de los ruegos de Carlota Amalia de las gestiones del propio Escobedo y de la defensa llevada a cabo por Riva Palacio. A instancias de Venustiano Carranza, en esa ciudad se reunió el Congreso constituyente en 1917.

El XI Concurso Nacional de Declamación se llevó a cabo el sábado 30 y el domingo 31 de marzo. Todo, conforme al estilo de los antorchistas. Con bailables, discursos y consignas. Jerónimo Gurrola, el dirigente anfitrión, nos dijo que en la antigua Roma el poeta era designado con la palabra vate. El término es común, incluso ahora, para poetas y para adivinos. Un profeta nos previene para entender lo que viene. Mientras que un poeta nos ayuda a sentir y amar lo que es y lo que puede ser. El dirigente nacional Aquiles Córdova resaltó el importante papel del declamador. Rescata de un libro las palabras de una poesía que puede estar muerta u olvidada. Pero con el actuar, el sentir y la voz del declamador, esas palabras cobran vida y se entregan al pueblo. Ese es su destinatario final. Porque habiendo excepciones, la absoluta mayoría de los poetas han escrito pensando en la gran masa. En el pueblo olvidado. Por eso, Antorcha organiza estos eventos y privilegia la declamación.

La sección Jalisco desempeñó un buen papel en el Concurso nacional. Con la poesía Canto a México, del español Roque Nieto Peña, la señora Luz Margarita Hernández González obtuvo un tercer lugar en la categoría libre obrero-popular. Felicidades a la ganadora y a todos los participantes.