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Por: Eric Cach

 

Desde marzo pasado, hemos atestiguado una de los mayores actos de barbarie que la humanidad haya presenciado en mucho tiempo. El autonombrado Estado Islámico, un grupo delincuencial fuertemente armado de oriente medio, ha asolado diversos países de esa región. Sus crímenes, que incluyen el asesinato, la tortura, crueles ejecuciones, condenar a la esclavitud a hombres mujeres y niños y su venta como mercancía, son enteramente condenables. Hay que señalar que aunque el Estado Islamico se proclama como una forma extrema de fundamentalismo religioso, su comportamiento nada tiene que ver con las ideas del Islam.

Pero entre sus múltiples crímenes, uno de ellos ha adquirido notoriedad internacional: la destrucción de sitios arqueológicos patrimonio de la Humanidad. Las antíquisimas ciudades de Nínive, Nimrud, Hatra y Palmira, en lo que queda de Iraq y Siria, han sido irremediablemente destruidas o severamente dañadas. Nimrud, uno de los grandes centros administrativos del imperio asirio que databa del año 1400 a.C., ya no existe más, dinamitada por los militantes del Estado Islámico. Nínive, una de las grandes capitales asirias, cuyo esplendor se alcanzó en el 900 a.C. fue totalmente arrasada. Hatra, capital de los Partos, edificada en el siglo II de nuestra era, corrió igual suerte y también fue totalmente arrasada. Palmira, la más bella ciudad del periodo grecorromano en oriente medio y la mejor preservada, también ha sido arrasada. Conocida por sus magnificas ruinas, el arco del triunfo, el Templo de Bel, el templo de Baalshamin, fueron destruidos con explosivos. El daño es irreparable. Templos y edificaciones que permanecieron en pie por milenios, desaparecieron en pocos días gracias a la barbarie tecnológica que vivimos hoy en día, en pleno siglo XXI. Y la crisis humanitaria de la región no aminora. Ni la destrucción de antiguos monasterios, sitios griegos y romanos que existían en esa región.

Las razones que esgrimen los autores de tales actos de salvajismo, son meramente discursivas: destruir las cosas que consideran heréticas. En realidad, la destrucción de estas ciudades arqueológicas parecen tener como primera intención hacer actos de propaganda, para aterrorizar al mundo entero. Y en segundo lugar, el lucro con el saqueo de los sitios arqueológicos, pues por muy heréticas que consideren los objetos provenientes de estos lugares, los militantes de ISIS se han dedicado a la venta inmediata de objetos arqueológicos, inundando el mercado negro. Muchas de las joyas expoliadas de esta manera cruel e inhumana, se encuentran ahora en París o Londres, capitales mundiales del tráfico de arte y piezas arqueológicas.

Otro riesgo para los sitios de la antigüedad, son los proyectos desarrollistas. que en nombre del progreso y el empleo destruyen los vestigios del pasado. Es el caso del antiguo monasterio budista de Mes Aynak en Afganistán, joya arquitectónica que guarda esculturas monumentales de Buda, ofrendas de oro, tumbas antiguas, pinturas murales, esta siendo investigado lo más rápido posible, antes de ser demolido por una minera china que explotara la mina de cobre sobre la que esta asentado el edificio.

La destrucción del patrimonio, edificado, intangible, histórico, arqueológico o de la naturaleza que sea, constituye una pérdida irreparable que borra nuestro pasado, destruye nuestra identidad, y elimina la posibilidad del desarrollo sustentable. Y ninguno de nosotros tiene derecho a destruir lo que fue hecho por civilizaciones del pasado, así sea una casona de dos o tres siglos de antigüedad, por que nosotros no edificamos esos lugares y no hay manera hoy en día, de replicar lo que hicieron sociedades extintas.