Por: Aquiles Córdova Morán

Secretario General del Movimiento Antorchista Nacional

Si no se hubiesen vertido ya tantas toneladas de cursilería sentimental en torno a las virtudes y bondades, prácticamente ultraterrenas según el punto de vista convencional, acerca de la madre y de su papel en la familia y en la sociedad, quizás no resultara tan difícil para ciertas gentes como yo, abordar el tema sin reticencias. Más difícil resulta aún abordarlo desde el ángulo del tradicional diez de mayo, es decir, desde el punto de vista del homenaje oficial que, bien visto, poco o nada tiene que ver con la esencia misma de la cuestión, esto es, con el verdadero sentimiento filial de la humanidad.

Creo que a estas fechas ya nadie duda de que el diez de mayo pertenece a la misma categoría y juega la misma función que todas las demás fechas oficiales dedicadas a homenajear a una determinada profesión o a un determinado grupo social: día del niño, día del cartero, día del anciano, día del policía, día del maestro, día del compadre, día de los novios, y así hasta el hartazgo, hasta la náusea. Se trata, en el fondo, de un acto de manipulación colectiva que persigue lograr la adhesión y el agradecimiento del homenajeado hacia los promotores del homenaje que, en última instancia, resultan ser siempre los personeros del sistema, vale decir, el sistema mismo a muy bajo costo: un acto oficial, un discurso y asunto arreglado.

Los homenajes oficiales a fecha fija constituyen, como es fácil verlo sin un gran esfuerzo de análisis, un sustituto barato de la verdadera justicia social a que tienen derecho los homenajeados. Su gran aceptación social se debe, además de a la muy humana debilidad por los elogios y las consideraciones (aunque éstos sean sólo una vez al año), al decidido apoyo y promoción que reciben por parte de los grupos económicos poderosos incrustados, sobre todo, en los medios de difusión y en el comercio, que en tales fechas realizan un pingüe negocio.

Lo podemos ver en el caso de la madre, de la mujer que ya ha cumplido, aunque sea una sola vez en la vida, la difícil misión que tiene encomendada de propagar la especie. Muy pocas de estas mujeres, como lo sabe todo mundo, cuentan con una situación económica y social que les permita llevar una vida digna, desahogada, sin apremios y carencias de todo tipo que les impidan enfrentar la problemática diaria de sus hijos, de su familia. La inmensa mayoría, dentro de la que se incluyen, naturalmente y en primer lugar, las mujeres, las madres campesinas, las obreras, o esposas de obreros, las trabajadoras o esposas de trabajadores, se debaten en una situación de miseria, de insuficiencia de recursos, de desamparo social, totalmente incompatible con las protestas de amor, veneración y respeto con que la “sociedad entera” las abruma cada diez de mayo. Tales mujeres, tales madres, cuando tienen la oportunidad de organizarse para protestar por la injusta situación de marginación en que se debaten, ellas o sus maridos, cuando logran sacudirse la esclavitud de la ignorancia, de la inconciencia de clase, o la del rudo y embrutecedor trabajo doméstico, y se lanzan a conquistar mejores condiciones de vida para ellas y sus hijos, lejos de recibir el trato y consideración de madres que merecen, que se les promete cada diez de mayo, son, como todo mundo, desoídas, maltratadas y reprimidas, y sus demandas, en el mejor de los casos, aplazadas para las calendas griegas.

En este contraste justamente se revela, con toda claridad, la hipocresía y la manipulación que encierra el diez de mayo. ¿Por qué no se actúa coherentemente? ¿Por qué no se busca poner en consonancia el discurso con la realidad social de la madre, en particular de la madre campesina, de la madre proletaria, de la madre trabajadora? ¿Por qué no, en lugar de homenajes huecos, se le da protección social, trabajo bien remunerado, educación, medios de emancipación de la esclavitud doméstica, la más embrutecedora de las esclavitudes modernas? ¿Por qué no se tiene en cuenta su calidad de madre cuando exige mejores salarios para su esposo y sus hijos, cuando reclama escuelas, lecherías, tiendas de abasto, tortillerías, lavanderías, jardines de niños, cuando reclama respeto a la vida y a la libertad de sus hijos luchadores? ¿No es verdad, acaso, que todo esto sería mucho mejor que mil homenajes, aunque, en estricto rigor, una y otra cosa no sean excluyentes?

Con todo, debe reconocerse que, descontando lo que hay de manipulación y negocio en el homenaje a la madre, a diferencia de lo que ocurre con otros casos similares como los enumerados más arriba, aún queda un fondo de verdad, de autenticidad, que le confiere a esta fecha cierta dignidad. Se trata de que, a pesar de los tremendos cambios ocurridos en la historia y en la cultura, en la sensibilidad del planeta, la madre en general sigue ocupando un lugar privilegiado en el corazón de los hombres. Ciertamente, el sentimiento filial no es tan universal tan genuino como pretende la literatura rosa al respecto. Y, ciertamente también, la madre juega un papel distinto y es percibida de modo distinto por el hijo en los diferentes estratos sociales. No se percibe igual a la madre que sólo es el beso nocturno antes de dedicarse a sus compromisos sociales, que la madre humilde que lo es todo: nodriza, médico, maestro, protección oportuna e incondicional ante todos los peligros del exterior.

Aún así, no se falta a la verdad si se afirma que, ante la creciente deshumanización e individualización de la humanidad, la madre es cada vez más, en general, el último reducto del cariño auténtico, profundo y verdaderamente comprensivo hacia otro ser, aunque ese otro ser sea su hijo; ante el egoísmo y la metalización de los afectos, la madre sigue siendo, en muchos casos, el único ser capaz de desprenderse de todo en favor del hijo a cambio de nada; finalmente, es el único ser capaz de compasión en el sentido original del término, es decir, de sentir lo mismo que nosotros y sufrir con la misma intensidad que nosotros, a causa de nuestros problemas y desdichas. Son pocos los hombres adultos en el mundo que no hayan buscado, en un momento de profunda crisis, el alivio que proporciona la comprensión y la protección maternales.

He aquí, repito, lo que proporciona, a diferencia de otros casos; autenticidad y dignidad a la fecha dedicada a las madres; he aquí lo que a fin de cuentas, nos hace olvidar las intenciones aviesas y manipulatorias de quienes idearon y promueven activamente dicho homenaje; he aquí por qué, finalmente, a pesar de todas estas consideraciones, no resulta una contradicción reiterar, públicamente, que el homenaje que se rinde cada año a la madre es no sólo merecido, sino absolutamente insuficiente.

Por mi parte debo decir, sin rubor, que la satisfacción más grande de mi vida es haber tenido a mi lado a mi madre como la más fiel, abnegada y comprensiva compañera de lucha.