Por: Paul Martínez Facio

La palabra, el lenguaje, es siempre un intento por comunicar una realidad, de modo que toda palabra encierra en sí, una verdad, una referencia a la realidad que pretende demostrar.

Sin embargo, al articular las palabras en un discurso, la palabra tiende a disolver su sentido en busca de una referencia de mayor amplitud: Aunque la palabra encierra una verdad, el discurso tiene la posibilidad de hacer que ésta se torne compleja, que adquiera significados novedosos que pueden contribuir a que los hablantes tengamos una mejor comprensión de lo real, pero que también permite que sea utilizada para ocultar la referencia a la que evoca.

El poeta, en su intento por develar la verdad de las palabras busca de manera efectiva comunicar las minucias de lo real, pone en tensión las convenciones y por medio del lenguaje crea un puente con la profundidad de los hechos.

Sin embargo como hablantes no sólo encontramos un lenguaje poético, sino, y en la mayoría de los casos, nos topamos con un lenguaje que tiende a la superficialidad.

Baste con recordar que cuando alguien nos saluda de manera casual y pregunta por nuestro estado actual, generalmente respondemos con un simple bien, aunque probablemente no lo estemos del todo, y en realidad lo que significa esa respuesta puede ser algo más o menos como un no creo que te importe mi estado actual, o, no me resulta relevante detallarte las minucias de mi vida.

Harold Pinter, el dramaturgo inglés, señala en alguna de sus entrevistas, que no existe un lenguaje superficial, y que cuando el hablante expresa un lenguaje de aparente insignificancia, lo que en realidad busca es ocultar el verdadero sentido que existe detrás de lo enunciado. Aunque esta dualidad no se da de manera explícita en la realidad, podemos insertar el bisturí del análisis para abordar ambos lados del mecanismo. El discurso es un mecanismo articulado que comunica, y oculta a la vez, determinados aspectos de la realidad.

En los últimos años se ha popularizado en las administraciones públicas, la utilización del concepto de participación ciudadana.

Resulta sencillo identificar en los discursos de las autoridades, el argumento de que, para resolver problemas como la inseguridad, la contaminación, las fallas en el suministro de servicios como el agua o la recolección de basura entre otros, “para que sea posible resolver estos problemas, se requiere de la participación de toda la ciudadanía”

Lo que este tipo de discurso denota, es una verdad comprobable, todo sistema el que sus componentes cambien experimentará un cambio en su condición, la oración sería más o menos el equivalente a decir que “si mañana sale el sol, será un día soleado”. estamos frente a un enunciado verdadero. Sin embargo, como ya se mencionó, el discurso no sólo pone de relieve una referencia en la realidad, sino que a su vez, tiene la capacidad de diluir significados.

¿Qué comunica y qué diluye el discurso público que deposita en “la totalidad” de los ciudadanos la responsabilidad de remediar los males que aquejan a la sociedad?

En principio comunica una obviedad, si los ladrones, que son parte de la totalidad, cooperan y dejan de robar, los índices de asaltos y robos irán a la baja.

Pero ¿acaso es todo lo que pretende comunicar? ¿Es lícito sospechar de un mensaje tan obvio? ¿Qué se puede esconder detrás de una verdad?

El mensaje que emite el Estado aparece como un axioma de verdad, diluye sus responsabilidades y además, coloca al ciudadano en un primer plano al momento de responder a las problemáticas.

Es decir, lo que comunica este discurso es más o menos equivalente a decir: “Ciudadano, tú eres el primero que tiene que actuar para que las problemáticas se resuelvan y sólo si tienes una acción positiva, entonces el Estado tiene posibilidad de actuar de manera contundente”

Sin embargo, este discurso se transforma cuando de beneficios se trata, en cuyo caso, las autoridades apelan al bien general por encima de las garantías del individuo, los “beneficios de las mayorías” son generalmente conseguidos a costa de los “sacrificios”, generalmente impuestos de manera unilateral, de los individuos. El Estado tiene por lo general, una manera contundente de actuar, sin necesidad de mediar o negociar con el ciudadano los costes que este ha de pagar.

El discurso público se mueve en estas dos vertientes, por un lado, para solucionar las problemáticas sociales, es decir, cuando de un costo social se trata, son los individuos quienes cargan con las tareas principales, sin embargo, cuando de beneficios se habla, son “las mayorías” a quienes se les otorga una predominancia.

La participación del Ciudadano, es manejada en el discurso, de una manera parcial, dependiendo en todo momento de los intereses que los grupos de poder tienen en cada momento, suprimiéndolo o poniéndolo al frente, el ciudadano siempre paga los costes sociales.