Por: Omar Carreón Abud

Coordinador de la Dirección Nacional de Antorcha Campesina y dirigente en Michoacán

A fines del mes de marzo, el presidente Donald Trump firmó un documento mediante el cual imponía aranceles a productos chinos por 60 mil millones de dólares, adoptó una medida para tratar de equilibrar el inmenso déficit comercial de Estados Unidos con la que ya es la segunda economía más grande del mundo, déficit que ya ascendió en 2017, a 375 mil millones de dólares. Estados Unidos le compra a China mucho más de lo que le vende, es un comprador neto por 375 mil millones de dólares porque, o no produce lo que le vende China o China lo produce más barato.

La ganancia, más precisamente denominada, plusvalía, se genera en la esfera de la producción, es la diferencia entre el costo de la mano de obra que en realidad se llama valor de la fuerza de trabajo y el monto o valor de lo producido por esa fuerza de trabajo puesta en movimiento. La máquina, aun la más sofisticada, no produce valor, potencia solamente a la fuerza de trabajo que sí produce el nuevo valor. Precisamente por eso, la economía capitalista que es el modo de producción dominante en el mundo actual, necesita producir, poner en acción a la fuerza de trabajo para generar la plusvalía y, posteriormente, requiere, como paso vital, vender lo producido para hacer realidad, es decir, para transformar en dinero, en un poderoso equivalente universal, la plusvalía producida. De todo ello se desprende que una economía que ha dejado de generar plusvalía en la esfera de la producción (y realizarla con la venta), para dedicarse preferentemente a comprar lo que otros producen, es una economía frágil, dependiente, condenada a desaparecer como economía dominante en el mundo. Por esa razón, Donald Trump trata de frenar las compras de Estados Unidos a China.

El presidente norteamericano trata de que China venda menos y, por tanto, pretende que produzca menos mercancías y menos plusvalía y se reduzca el poderío chino. Pero el objetivo propuesto para la economía norteamericana, en el largo plazo no se alcanza reduciendo el volumen de las ventas chinas, sino aumentando la producción y la venta de las mercancías norteamericanas. Para que ello se haga realidad es indispensable que las mercancías norteamericanas sean más baratas y de mejor calidad, Estados Unidos necesita una revolución en su productividad, en la cantidad y calidad de las mercancías que produce por unidad de tiempo. ¿Se logra eso castigando las mercancías del competidor con nuevos aranceles? No, definitivamente, no.

Estados Unidos no puede competir con los salarios de China para abaratar y hacer más competitivas sus mercancías. No puede hacerlo porque la sociedad china, como un todo, se encarga de resolver muchos de los problemas de los trabajadores: salud, vivienda, educación, jubilación y retiro, etc., mientras que, en Estados Unidos, en donde priva el “mercado libre”, el capitalismo sin controles, dominan los enemigos del gasto social que se reduce día con día y se endosan los gastos del sostenimiento y mejoría al trabajador como individuo, es él, con su salario, quien tiene que pagar por ellos. El modelo económico chino que apela más a la solidaridad social, que tiene más en cuenta la distribución de la riqueza social, se está mostrando superior al modelo norteamericano que deja todo a la capacidad y posibilidad individual.

Pero no sólo eso, también en el terreno del conocimiento que es en última instancia el motor de la productividad a través de los descubrimientos científicos y tecnológicos, Estados Unidos se rezaga irremediablemente. Los políticos y los científicos norteamericanos se quedaron boquiabiertos con las nuevas armas rusas que presentó Vladimir Putin a principios de marzo y se va consolidando como opinión dominante la de que, si Rusia no es ya superior en armamento a Estados Unidos, sí se ha restablecido plenamente el mundo bipolar, hay ya un equilibrio de fuerzas entre las dos potencias.

La educación de los científicos, limitada a los que pueden pagar por ella, está en crisis, no puede competir con los gastos que se dedican en Rusia y China a la educación de amplias masas del pueblo. Ya era del conocimiento público que las deudas contraídas por las familias de los jóvenes que estaban en la educación superior para sufragar colegiaturas y gastos, las estaban ahogando, ahora, un estudio apenas dado a conocer, el primero en su tipo, elaborado por investigadores de la Universidad de Temple y del Wisconsin HOPE Lab, descubrió que el 36 por ciento de los estudiantes de las universidades de Estados Unidos no tiene dinero suficiente para comer y que el mismo porcentaje carece de un sitio seguro para vivir, asimismo, puso al descubierto que el 6 por ciento de todos los estudiantes universitarios, pasó, en el mes anterior a la realización de la investigación, un día entero sin comer.

La agudización de las contradicciones del capital alcanza a los cimientos mismos de la educación en Estados Unidos: a la hora de escribir estas líneas, miles de maestros se movilizan en el estado de Oklahoma demandando aumentos salariales, prestaciones y mejores condiciones de retiro, estas manifestaciones siguen el ejemplo de los maestros de West Virginia, Kentucky y Arizona que inquietantemente se han estado movilizando con las mismas demandas en las últimas semanas. Ítem más. Mientras Estados Unidos necesita con urgencia aumentos en la productividad derivados de nuevos descubrimientos y procedimientos, miles de estudiantes se movilizan exigiendo mayor control a la venta de armas para que cesen (o disminuyan) los ataques mortales en las instituciones de enseñanza en las que estudian. “Enfrentamos una severa caída de científicos e ingenieros preparados que puedan desarrollar nuevas tecnologías avanzadas”, dijo, desde 2008, Bill Gates, ante el Congreso norteamericano.

Colocarse nuevamente a la vanguardia del conocimiento mundial, no es una tarea sencilla ni rápida y no llegan hasta ahí las debilidades de Estados Unidos en la guerra económica que ha desatado con China (y con buena parte del mundo). El país asiático tiene ahora, casi 40 años después de las reformas que emprendió Deng Xiaoping, muchas más maneras de defenderse y encarar a Estados Unidos. Unos días después del anuncio proteccionista de Donald Trump, la Comisión de Aranceles de Aduanas del Consejo de Estado anunció que impondría tarifas de importación de entre el 15% y el 25% que serían aplicadas a 128 mercancías de EE.UU., aranceles que entrarían (y entraron) en vigor desde el 2 de abril. Esas importaciones procedentes de Estados Unidos, se valoran en 3 mil millones de dólares y equivalen al daño que sufrirá el sector acerero y del aluminio del gigante asiático por las tarifas impuestas por Trump; la gran mayoría de los productos afectados, serán gravados con un impuesto del 15%, como algunas frutas frescas, frutos secos o el vino, otros, como la carne congelada de cerdo o el aluminio reciclado, estarán sujetos a una tasa del 25%. La economía china ha estado siendo víctima de agresiones por parte de Estados Unidos, desde siempre, pero, más intensamente desde el año 20005 aproximadamente, cuando empezó a quedar claro que, debido a su peculiar modelo económico, a su capitalismo regulado, podría adquirir un desarrollo vigoroso e independiente de la voluntad imperialista. Opino que ya fue demasiado tarde.