Por José Miguel Becerra López

 

Francisco entró al local y se dirigió directamente a la barra donde fue recibido con una pregunta que lo irritó: ¿Había conseguido trabajo?

No dijo nada. En su lugar, y sin mirar a su interlocutor, extrajo su cajetilla de cigarros y se colocó uno entre labios. El otro, ante la actitud evasiva dio media vuelta y se entretuvo acomodando vasos sobre una repisa, para formar una línea pareja.

El visitante dejó regadas sobre la barra las últimas monedas que traía consigo.

Pidió una cerveza. Continuaba la mala racha desde hacía más de un mes, pero ahora estaba intranquilo todo el tiempo.

Encendió el cigarro. El humo que exhaló formó una nube traslúcida bajo el haz de luz de la lámpara. Dio un largo trago a la botella y la puso de nuevo sobre la barra. La espuma subió hasta el cuello angosto. Observó al joven de la barra, ocupado en acomodar una por una botellas de cervezas dentro del refrigerador. Había trabajado en aquel establecimiento, sabía la rutina a la perfección. El joven había sido compañero suyo, también lo conocía como para quedarse callado ante su pregunta inoportuna. El asunto no era de su incumbencia. En todo caso le devolvió la pregunta con otra pregunta: ¿qué había pasado con los demás empleados? Llegarían más tarde, fue la respuesta.

A esa hora, el bar era un sótano vacío. Se aprovechaba el tiempo muerto para limpiar pisos, para ordenar las mesas o para disponer bebidas.

Apagó la colilla en el cenicero. Se levantó del banco, empezaba la desesperación. ¡Algo debía pasar o se volvería loco! Deseaba salir, vagar por las calles, regresar luego. Miró a su alrededor, el salón semivacío, algunos jóvenes apostando en el billar. Eran las seis de la tarde.

La botella vacía fue recogida por el barman que limpió las gotas de agua que perlaban la base oscura. Se levantó y se marchó.

Los reflejos de sol lastimaron sus ojos irritados por los desvelos de las últimas noches. Fue hacia una de las plazas en busca de tranquilidad. De pronto se halló varado en un mar de gente atenta a una función callejera de mimos. Odió la conglomeración y huyó rápidamente. Le salían al paso rostros anónimos, gritería de niños, olor a grasa de los puestos ambulantes, el tráfico por todas partes. La ciudad pasaba a su lado, confusa. Aquella masa de seres anónimos pululaba por todas partes.

Tomó callejones solitarios de rutas descendentes. Apareció bajo la ciudad, en el aire espeso y húmedo de los túneles, en la entraña de la roca. Las vías subterráneas lo alejaban del bullicio. Avanzó a buen paso. El ambiente oculto le convenía, pensó. De pronto, en su caminata por esos rincones, encontró el silencio apropiado, apenas interrumpido por algún auto.

Buscó en los bolsillos del pantalón y encendió un cigarro de marihuana. Aspiró hondo el humo acre, amargo. Continuó su paso y el recorrido interno se abrió para dar paso a imágenes recientes. Anduvo tramos más largos por esas galerías húmedas. Era notable la frecuencia con que buscaba los túneles últimamente, requería el aislamiento para lograr abismarse en sus delirios. Lo más reciente: el pleito con su hermano. Trató, sin éxito, de olvidar el rencor que sintió en aquel momento y que ahora volvía. Lo había reprendido por no haber seguido la indicación de asistir a la entrevista de empleo para la que fue recomendado expresamente por él, David, su hermano mayor. Después escuchaba sus gritos, callado. Hasta que ya no aguantó. En un segundo todo se salió de control: insultos, amenazas, empujones. Lo que realmente le pesó en el fondo fue la presencia de sus sobrinos y de su cuñada, escuchando, empeorando las cosas.

De cualquier forma, no volvería con David, estaba seguro, hizo bien en dejar la habitación (comida y cama, ¡carajo!), donde había pasado los últimos meses.

 

*                      *                      *

Kenia estaba fatigada, levantó la vista hacia la sala abandonada. Era fin de semana y, por tanto, tenía poco tiempo. A esa hora, los estudiantes habrían dejado la ciudad para volver al lado de sus padres. La biblioteca lucía como una calle en la madrugada. No entendía nada más de sus apuntes. El ambiente callado y monótono, sumado a otras noches pasadas en completo desvelo, más varias horas de memorización durante esa tarde, la tenían agotada.

En la paquetería vio el reloj, las seis treinta y cinco; pidió su morral, guardó cuadernos y libros, y salió sin rumbo. Anduvo sin rumbo fijo mirando aparadores, entreteniéndose en carteles, enterándose de lo que presentaban en teatros y cines. No imaginaba dejar todo aquello para volver a casa de sus padres.

El cielo se deshacía en matices malvas sobre la ciudad y en las plazas encendían los faroles. Incrementaba la actividad en los cafés al aire libre. Veía un mar de gente en todas direcciones. ¡Cuánto le agradaba ese ambiente en que respiraba libertad! Era importante no dejarse abatir por el desaliento. Terminaría su licenciatura, luego daría clases, viviría sola, lo tenía decidido. Aunque su interés principal residía en la literatura, leer, editar revistas, el periodismo.

Por ahora, deseaba olvidar los problemas, la tensión en que había estado sumida las últimas semanas, el estudio que le imponía sesiones extenuantes. A toda costa aprobaría el examen a título de suficiencia, le quedaba ese fin de semana para prepararse, podría hacerlo. Era consciente de que se estaba gastando su último recurso para mantener su calidad de alumna en una de las universidades públicas más demandadas del país.

Le habían dicho en las oficinas de administración, con ese tono despersonalizado de los funcionarios públicos, que era su última oportunidad, la institución estaba trabajando intensamente para actualizar expedientes. O corregía sus irregularidades y se restauraban los errores, o se iría definitivamente.

Estaba preocupada, cómo no estarlo, habían ido a sacarla del salón de clases para avisarle que había perdido ya dos periodos extraordinarios de exámenes. Quedaba una fecha, la última. Tendría que enfrentar esta situación. O salía de este agujero o lo perdería todo, tendría que regresar a su pueblo, lo que significaría un golpe para sus padres; seguramente tendría que trabajar en cualquier empleo, olvidarlo todo. Sintió el reproche hacia sí misma por haber llegado hasta este punto donde no había vuelta atrás.

Rodeó un círculo de gente que reía y contemplaba una función de mimos al aire libre. Caminó distraída y se dirigió a las gradas del teatro. Se sentó a ver pasar la gente.

 

PRIMERA DE TRES PARTES