Por: Doctor Raúl Valencia Ruiz

 

El domingo 23 de mayo de 1937 —día de la Santísima Trinidad—, en el domicilio marcado con el número 49 de la calle Libertad, en la ciudad de León, Guanajuato, México, tuvo lugar la asamblea constitutiva de la Unión Nacional Sinarquista (UNS). Esta organización contrarrevolucionaria era el rostro visible de una organización clandestina, heredera de los católicos inconformes con los “arreglos” entre la Iglesia católica y el Estado mexicano, para poner fin al conflicto armado que Jean Meyer denominó como la cristiada.

Reverso de un bono de cooperación de 10 centavos para la delegación de Nuevo León de la Liga Nacional en Defensa de la Libertad Religiosa (LNDR). 1926. Imagen: http://juancrouset.blogspot.com/

Desde su fundación, al interior de la UNS convivieron dos posturas antagónicas en cuanto a la actitud que debían sostener frente al poder del Estado. La primera de ellas proponía como objetivo, a través de la formación cívica, la renovación del espíritu católico de la sociedad mexicana, que el Estado revolucionario corrompía. Esta actitud provenía de la influencia que el sacerdote jesuita Eduardo Iglesias ejercía al interior de La Base —la organización clandestina que había dado origen a la UNS—, en concordancia con la estrategia de la Acción Católica Mexicana (ACM). Dicha estrategia consistía en el establecimiento de un frente, compuesto por varias organizaciones seglares, que brindaría su apoyo en la labor social de la Iglesia, sin que ésta se viera involucrada directamente. Fue así que a la ACM quedaron subordinadas otras organizaciones que habían sostenido el conflicto armado durante la cristiada; entre ellas, la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) y la Liga Nacional en Defensa de la Libertad Religiosa (LNDLR), hasta que esta última fue desmantelada.

La segunda corriente planteaba, en cambio, el empleo de la violencia para restituir la libertad religiosa coartada, a su entender, por la vigencia de las leyes antirreligiosas e instaurar en su lugar el germen de una nueva sociedad. Pese a que esta postura nunca se manifestó abiertamente, resultó ser muy efectiva para atraer simpatizantes y militantes a las filas del sinarquismo; después de todo, era la hora del auge del fascismo y del nacionalsocialismo en Europa, cuya parafernalia y retórica nacionalista y anticomunista, condujo a una facción de los líderes sinarquistas a adoptarlos como sus proveedores de los marcos interpretativos del momento histórico por el que el mundo occidental estaba atravesando. Sin embargo, más que fascista, esta corriente al interior de la UNS puede ser identificada como una expresión de la derecha radical en México. De acuerdo a la tipología propuesta por Stanley G. Payne, la diferencia más sustancial de los movimientos de la derecha radical, respecto a los movimientos fascistas, es la profunda influencia que la religión ejerce en su dirigencia y como es que determina la estrategia a seguir para lograr el fin último del movimiento, como lo era, en el caso de la UNS, establecer un orden social cristiano.

La tensión entre ambas posturas condujo al cisma del movimiento sinarquista y a su declive como una organización de masas: En 1937, al momento de su fundación, la UNS cuenta con poco más de cinco mil miembros en todo el país; para 1943, año en que comienza el ocaso del movimiento, en el sinarquismo militan cerca 560 mil personas.

Panfleto de la facción “conservadora” de la UNS en contra de la constitución del Partido Fuerza Popular. Fuente: BNAH. Imagen: RVR.

Durante la disputa por el control de la organización, surgió una tercer corriente al interior del movimiento. Los líderes de esta facción, entendieron que la importancia del sinarquismo residía en su poder corporativo y que, al librarse de la tutela de La Base y su línea de acción orientada a la formación cívica de sus agremiados, atraerían para sí los beneficios de ser sus representantes y erigirse como los únicos interlocutores válidos ante la jerarquía eclesiástica y ante los agentes e instituciones del Estado revolucionario. Desde luego, esto no significaba suscribir la línea radical del sinarquismo; al momento de la confrontación de sus dirigentes, la UNS es una organización proscrita y manifestar públicamente una actitud combativa o desafiante hacia el gobierno, podría conducir al desmantelamiento definitivo de su movimiento.

En cambio, esta corriente planteó una estrategia que contravenía la única postura en común entre las facciones conservadora y radical del sinarquismo: La No competencia electoral. La participación sinarquista en el sistema electoral mexicano iba en contra de los intereses de la jerarquía eclesiástica; la cual, a través del modus vivendi, había logrado la tolerancia en la práctica religiosa y, además, ya contaba con un instrumento de participación electoral, como lo era el Partido Acción Nacional (PAN). Por otra parte, para la línea radical del movimiento, que fue liderada por Salvador Abascal, la participación en el sistema electoral significaba otorgar cierto reconocimiento al régimen de la Revolución y, por tanto, reconocer su legitimidad. Además, por su intransigencia al gobierno, la línea radical es la que había dotado de notoriedad y de prestigio al sinarquismo, por lo que la competencia electoral los despojaba de la “virtud” que necesitaban para derrocar a los revolucionarios.

No obstante, en 1945 comenzó el proceso constitutivo del primer partido político sinarquista. Esta determinación significó el triunfo de la facción pragmática frente a las líneas conservadora y radical del movimiento, sin que éstas últimas desaparecieran del todo a lo largo de la existencia de la organización. De tal suerte que, en varios momentos de la segunda mitad del Siglo XX mexicano, la UNS intentó instituir un partido político: 1945, Partido Fuerza Popular; 1953, Partido de la Unidad Nacional y; 1970, Partido Demócrata Mexicano. Este último, fue la expresión político electoral más exitosa de la UNS; particularmente en las elecciones federales de 1982, en las que su candidato a la Presidencia de la República, Ignacio González Golláz, obtuvo 1.84% del total de la votación.

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Al contemplar los elementos simbólicos e ideológicos del sinarquismo, como su acentuado nacionalismo, su culto a la bandera, el empleo exacerbado de la disciplina militar, el fervor por sus líderes, su odio al capitalismo y al comunismo, así como su catolicismo intransigente, algunos observadores de su época no dudaron en reconocer en ese movimiento el germen del fascismo en México:

El comité organizador del nuevo partido “sinarquista” refuta enérgicamente las declaraciones de la Confederación de Trabajadores de México, (CTM) expresando que dicho comité nunca ha tratado ni trata de luchar contra las conquistas logradas por los trabajadores, sino por el imperio de la justicia social. Y agrega que no pretende tampoco el establecimiento del fascismo en nuestro país, como maliciosamente se le ha querido atribuir.

Diario El Informador [Guadalajara, Jalisco], 23/09/1937, P.5

Entre dichos observadores, destaca la figura de Vicente Lombardo Toledano, líder histórico del movimiento obrero en México y, en 1936, primer Secretario General de la Confederación de Trabajadores de México (CTM). En su discurso inaugural del Primer Congreso Ordinario de la CTM, el 22 de febrero de 1938, Lombardo Toledano se dirigía a su gremio de la siguiente manera:

[…] tenemos que insistir que mientras la clase obrera permanezca confiada, el peligro de un retroceso de tipo fascista será un peligro real que pese sobre México; mientras la clase trabajadora se mantenga a la ofensiva, en cambio, será muy difícil que en México imperen la barbarie y el terror. Y por esto nuestro deber de representantes de la CTM nos aconseja volver a insistir, ante todas las agrupaciones del proletariado mexicano en este congreso de importancia, que México está en peligro.

Lombardo Toledano, V. (1998). Nacionalizar el estado: hacia una nueva democracia. México: Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales Vicente Lombardo Toledano. Pp. 118.

Desde lo anterior, podemos asumir que el auge del movimiento sinarquista no fue obra exclusiva de sus promotores y fundadores; se debió, en igual forma, al reconocimiento que recibió por parte del movimiento obrero oficialista como su principal adversario, como la manifestación real y objetiva de una amenaza fascista. Así, lombardistas y sinarquistas sostuvieron choques violentos en varias partes del país, mientras que sus líderes recurrían a todos los medios a su disposición para descalificarse. Sin embargo, también es probable que, más allá de la simbología, las acciones y de la retórica sinarquista, lo que llevó a Lombardo Toledano a combatirlos desde todas las organizaciones obreras que presidió, fue la coyuntura política e histórica de su aparición.

Miembros del Comité Nacional de la UNS en 1950. Al centro, cuarto de izquierda a derecha: Luis Martínez Narezo, Jefe Nacional de 1947 a 1951. Le acompañan Rafael Capetillo, José Trinidad Cervantes, José Valadez Navarro, Luis Hernández Espinoza y Salvador Zermeño. Fuente: Archivo General de la Nación (AGN). Imagen: RVR.

 

La UNS irrumpió en un periodo de profunda agitación y violencia política por parte de organizaciones de derecha, inconformes con la política económica y social del presidente Cárdenas. Predominantemente, estas organizaciones provenían de las clases altas y medias urbanas, así como de los pequeños propietarios rurales; es decir, la burguesía mexicana. Lombardo Toledano estaba convencido del necesario e importante desarrollo industrial y capitalista que México debía alcanzar. Pero desconfiaba del papel que la burguesía nacional pudiera representar en ello, por la influencia que sobre este sector ejercían los capitales extranjeros y porque sus intereses iban en contra de la constitución de un proyecto nacional. Por lo tanto, correspondería al Estado proporcionar los medios para la industrialización en México, en búsqueda del establecimiento de una democracia de los trabajadores. De tal suerte que todas las expresiones políticas contrarias a esta determinación, eran entendidas como arietes del gran capital, como facciones quintacolumnistas.

Al centro, fumando pipa, Vicente Lombardo Toledano.

Al final de la Segunda Guerra Mundial y por la influencia que este hecho tuvo sobre México, los líderes del movimiento sinarquista lograron superar la crisis interna en la que se encontraban, a la vez que pudieron sobreponerse a la persecución de la que fueron objeto por parte del gobierno y sus aliados. Cuando la jerarquía eclesiástica lo abandonó a su suerte, por sus propios medios, el sinarquismo logró constituir tres partidos políticos, tales fueron Fuerza Popular, el de la Unidad Nacional y el Demócrata Mexicano, a través de los cuales intentó —infructuosamente—, alcanzar su objetivo de tomar el poder político. De igual forma, al verse disminuido o los intereses del clero mexicano así lo exigieron, el movimiento sinarquista estableció alianzas políticas con el Partido Acción Nacional en dos campañas presidenciales y en un sinnúmero de elecciones a nivel municipal.

Es decir, el origen y la continuidad del movimiento sinarquista, sólo puede entenderse por la compatibilidad de sus demandas con el sentir o los anhelos de algunos segmentos de la población que lo sostuvieron y, pese al crecimiento económico e industrial en la segunda mitad del Siglo XX mexicano, seguían presentes como actores sociales identificables. Comenzó como un gran movimiento opositor a la institucionalización del programa político de la Revolución, representante de una sociedad tradicionalista, para posteriormente comenzar a aceptar y a colaborar en algunos de los proyectos de modernización. Esto fue posible en la medida que el discurso de las élites revolucionarias y de la clase política en que derivaron, fue distanciándose del ideario revolucionario y adoptaron una actitud más cercana a las demandas que históricamente habían sostenido los sectores conservadores del país.

“Bonos” a favor de la constitución del Partido Demócrata Mexicano en 1972. Fuente: Archivo General de la Nación (AGN). Imagen: RVR.

Sin embargo, esto no significa que el sinarquismo deba entenderse como un movimiento cercano a las élites. Fue, por el contrario, la expresión de una derecha popular, que en todo momento intentó liderar a las masas de campesinos y obreros en México hacia la conformación de un orden social cristiano. Desde luego, como hemos visto, este objetivo nunca estuvo en vías de materializarse; por el contrario, el férreo control corporativo de las masas por parte del Estado, a través de sus centrales obreras, campesinas, populares y el partido oficial, condujeron a los líderes sinarquistas a aceptar un rol marginal como mediadores entre el poder político con los sectores de la sociedad que ellos representaban y no habían sido incluidos en el proyecto del moderno Estado-nación mexicano.

Las fuerzas que hoy en día podríamos identificar como “fascistas”, en su composición social y aliento ideológico, son enteramente distintas a las que surgieron en las décadas de los años veinte y treinta del siglo XX. De acuerdo al sociólogo Raúl Zibechi, “la extrema derecha actual es hija del extractivismo/cuarta guerra mundial, mientras el fascismo fue parido por el capitalismo monopolista en competencia por los mercados mundiales, por el colonialismo e imperialismo en su deriva racista, como señaló Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo“.

Es probable que para entender el origen del movimiento sinarquista mexicano, haya que hacerlo a la luz de la propuesta de Karl Polanyi quien, en su obra La gran transformación, concluye que “la proletarización del campesinado fue un proceso traumático, que desarticuló la sociedad inglesa. […] el liberalismo económico y su ‘mercado autorregulado’, destruyeron los cimientos materiales y espirituales de las sociedades”. Ese mismo desgarramiento ocurrió en México en las décadas de 1920 y 1930, para dar paso a la industrialización del país y a la gran transformación de México como un país bajo la lógica de la producción capitalista.

Al día de hoy, la Unión Nacional Sinarquista subsiste como una organización formal, con cierta presencia en regiones de algunos estados del centro-Occidente mexicano y cuenta con el reconocimiento del Instituto Nacional Electoral (INE) como una Agrupación Política Nacional (APN). Quizá, se encuentra a la espera de recuperar el “prestigio” del que alguna vez gozó y que —muy probablemente— ninguno de sus tres rostros vuelva a alcanzar.

Tres rostros del movimiento sinarquista