Por:Claudia Rojas

Claudia Rojas

En esta temporada es muy común escuchar a media población preocupada y
orante por la necesidad urgente de una tormenta que acabe no solamente con las altas temperaturas que, dicho sea de paso, nos ponen tensos y
malhumorados, sino con el asunto de la falta de agua en varias colonias del
municipio, que a más de tres logran poner todavía más nerviosos ante el rumor de que nos estamos quedando sin agua.

Pues bien, gracias a Dios (para los que creemos en Él) o gracias a Tláloc (para los que creen en el dios de la lluvia) el chipichipi ya nos moja, para tranquilidad de todos aquellos malpensados que aseguraron que la tala excesiva la flora natural y plantación del integrante más famoso de la familia Asparagaceae (pero esa es otra historia), impediría ver lluvia en el Pueblo Mágico. Fuimos escuchados.

Ahora, permítanme contarles dos secretos.
Hace algunos años, fui desafortunada al compartir asiento en el trasporte público con un ciudadano sediento que, muy entusiasmado, degustaba de una refrescante y popular bebida de cola. Justo antes de llegar a su destino, cerró la botella y la colocó a su derecha, enseguida, se levantó del lugar y el envase rodó en el asiento. Su servidora, muy amablemente y con una sonrisa cordial, tuvo la osadía de devolver el envase vacío a aquel ciudadano tan comprometido con la hidratación del cuerpo.
Por supuesto, al caballero no le hizo ninguna gracia que le hiciera el favor de
entregar en sus manos la botella que había desechado muy cándidamente.
El final de esta historia todos debemos suponerla toda vez que bajó del
transporte, incluso, no sería de extrañar que haya pronunciado algún improperio en mi contra, pero eso es solo una suposición mía que, francamente, no me ha quitado el entusiasmo de devolver envases a los consumidores olvidadizos como él.

Me viene a la mente el segundo, donde el protagonista no era el usuario, sino el conductor, pero de otra unidad. La historia versa en un contexto similar: la misma marca de refresco, quizá con la misma cantidad de contenido, solo que esta vez, no tuve la posibilidad de devolver la botella porque esta salió disparada por la ventanilla, justo frente a la Unidad de Bomberos.

Pues bien, debo suponer que la lluvia no es para todos una bendición,
especialmente para quienes deben estar atentos no solo de un posible incendio sino también ante la lluvia y las inundaciones provocadas por alcantarillas repletas de basura, porque de ambas situaciones deben salir a rescatarnos, aunque la segunda no es su obligación, sin embargo, alguien lo tiene que hacer, ¿o no? Y antes de que empecemos a repartir culpas… Mejor sí.


De esta mala práctica de ver y tener al Pueblo Mágico como un contenedor
gigante de basura, en palabras de nuestros ancestros «como un chiquero»,
pocos laguenses se salvan, porque eso de olvidar el vasito vacío del elote en
todas partes se contagia; y ni qué decir de la basura que muy a menudo se ve desgarrada en pleno Centro Histórico, el plato del taco, entre muchos otros ejemplos. Ahora pensemos en las colonias suburbanas y hasta en los espacios de recreación (La Sauceda, El Sabino, la presa del Cuarenta, etcétera), pequeños, medianos y grandes muladares. ¡Hasta los taqueros y la señora de las gorditas cooperan! Y es bien común ver sus residuos entre los caminos donde, supuestamente, “no transita nadie”. ¿Sería un abuso de nuestra parte exhortar a la ciudadanía a la limpieza? Una respuesta muy acertada sería la que dijo doña Lencha: «Ni a la autoridad le hacen caso».

Pero regresemos al tema del servicio extra que nos ofrece P.C. y bomberos en  Lagos de Moreno. Es lamentable, en todo el sentido de la palabra, ver la cantidad excesiva de basura extraída de alcantarillas y drenaje, pero más lamentable es todavía que sean ellos los que deban salir a mojarse y hasta sacar perros muertos del drenaje… pero entonces llegamos al colmo del asunto, pues los mismos ciudadanos olvidadizos son tan capaces de darle un me enoja o aplaudir en las redes, echar una miradita de asombro por las ventanas nada más porque el chipichipi de la tormenta amenaza con mojar espaldas o, en su defecto, reclamar porque el agua les llegó a los tobillos. Menos mal que no ha coincidido un incendio mientras nos inundamos, ¿se imaginan el caos, el drama? Incluso algún reclamo o una queja envalentonada en Facebook, con perfil falso y toda la cosa.

Seamos agradecidos con el Cuerpo de emergencia de Protección Civil y con todas las personas, de la dependencia que sean, que salen a las calles para ocuparse de limpiar nuestra basura, obviamente, para pagar el favor tendríamos, primero, que buscar un compromiso para que ellos no se mojen las espaldas, pero creo que eso no pasará muy fácilmente. Por lo pronto, nuestra buena obra de la temporada sería, además de seguir rogando para que llueva, no dejar las veladoras prendidas o la llave del gas abierta, pues ya sabemos que dejar de abandonar la basura en la calle, no es una opción… de paso, y ya que nuestro espíritu tiene deseos de ser tan generoso, no ofrecerles un refresco y menos uno de cola después de su labor. Sí, eso sería el colmo.