Por: Claudia Rojas

Claudia Rojas

Recordé una frase muy interesante que una vez escuché de voz de un sacerdote: «El miércoles de Ceniza algo sucede con la feligresía. No sabemos cómo ni de dónde, pero es el único día del año que vemos repletos los templos de gente de buena voluntad que sale de su casa para que les impongan la ceniza». En Lagos, tengo la impresión de que este fenómeno ocurre tres veces en un año sin exabruptos (sin pandemia o con pandemia “controlada”): el miércoles de Ceniza, y en la tradicional Bajada y Subida de Nuestro Padre Jesús del Calvario.

 

Y bueno, no he de meterme para nada con la feligresía por estas repentinas apariciones anuales, por supuesto que no. Entendido tengo que para ello están los sacerdotes o los respectivos guías espirituales (para quien lo tenga), es solo que traigo en el interior un alboroto, incluso felicidad, por ver tantos y tantos rostros gozosos en las evidencias fotográficas que los medios de comunicación muy puntualmente nos compartieron en las redes sociales para que disfrutemos un poco de todo el ambiente festivo que se vivió el pasado domingo.

 

Admito, con cierto rubor en las mejillas, que me encanta ver a la gente feliz, disfrutando, viviendo, conviviendo, saliendo de casa para encontrarse y reencontrarse con todo aquello que habíamos dejado en pausa por causa de esta pandemia. En Lagos de Moreno nos dio en algo que nos dolió, y fueron precisamente estás romerías tan tradicionales que nos dejan sacar lo mejor de nosotros respecto a nuestra cultura y fe (para quien la comparte), pero también lo peor, debemos admitirlo (la basura —sí, cómo refriego con eso—, algunos pleitos, los robo hormiga, los exhibicionistas que por ahorrarse unos cuantos pesos pasan a perjudicar la inocencia de los niños y hasta dejar sus premios en plenas calles o ya de menos un olor intenso de orina, entre muchas otras cosas que todos sabemos y que nadie nos va a venir a contar)… Y ya ni qué decir de la tradicional Feria.

 

Pero como ando muy dichosa porque puedo ver a los paisanos felices, es que no me voy a poner pesada con el tema de la Feria. Hoy vamos a concentrarnos solamente en la Subida, que tema nos da de sobra.

 

Pues bien, comenzamos con lo plausible. La organización maravillosa que se pudo apreciar, la transformación del Pueblo Mágico ante este reencuentro con nuestras tradiciones porque, aunque el año pasado lo intentamos, las cosas no terminaron bien y tuvimos el segundo mal año; la participación activa de cientos de personas que ofrendan de su tiempo para decorar, barrer, desfilar y hasta grabar los breves instantes cuando pasa el invitado de honor. Insisto, todo es de destacarse y aplaudirse. Hoy en día, en muchísimas partes, todo este vestigio cultural y de identidad se está perdiendo. Felicitaciones a los laguenses por tal entrega.

 

…Ah, pero no todo fue miel sobre hojuelas, claro que no. Porque, ¿qué creen? La pandemia no ha terminado y, aunque la gente sigue pensando que en el aire libre no les va a suceder nada, vamos, que ni siquiera se les va a pegar una gripa, la cosa es que ese es un pretexto viejísimo y no justifica para nada no usar el cubrebocas. La pandemia está presente, silenciosa entre nosotros, y si vamos a darnos la oportunidad, que merecida la tenemos, de salir de nuestras casas para disfrutar de todos estos eventos, debemos ser igualmente responsables y no dejar de usar el cubrebocas y gel antibacterial en todo momento. No olvidemos las lágrimas lloradas, a todas aquellas personas que murieron en soledad y que hoy son el recordatorio y dolor de algún amigo cercano. Respetemos a nuestros familiares de la tercera edad, a los enfermos o simplemente a nosotros mismos. La fe también es obediencia y no hablo precisamente de que el lector sea católico o no. Es parejo el asunto.

 

Sí, es de comprenderse que las mascarillas y cubrebocas a todos nos tienen hartos (solamente porque no quiero alargarme, pero podría escribir un artículo sobre lo que esos “bozales” han provocado en la humanidad, pros y contras, con el enfoque de Comunicación, que son mis temas favoritos), que nos restan belleza, que esconden nuestras imperfectas sonrisas y ante todo, que una fotografía o una selfie saldría terrible con él, pero una cosa es retirarlo unos minutos alejados de la vasta población, y otra es andar por la vida (entre la muchedumbre) muy campantes y hacernos los occisos, qué palabras escribo, toquemos madera… Bendito Facebook, ¿qué haríamos sin todas esas evidencias que nos revelas cada que entramos a una sesión —la media, por cierto, es cada tres minutos—?

 

En fin, sigamos de fiesta, disfrutando, saliendo, conviviendo, tirando basura, mojándonos los estrenos, que el regocijo no decaiga, total polvo somos y en polvo nos convertiremos algún día… pero como diría don Chencho, «Mijo, nada más no hay que ponerle tanta actitud al asunto, pues», todavía nos queda Navidad y también vamos a querer una fotografía, así que pónganse el cubrebocas y no hay que darle tanta prisa a eso que ya sabemos que nos puede pasar.